Las FARC y un acuerdo de paz que huele a derrota

MIGUEL ÁNGEL FERRER

Según la información pública disponible, es posible prever la firma de un acuerdo de paz entre las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC, la guerrilla revolucionaria más antigua del continente) y el gobierno de Colombia. Pero desde el lado de las FARC, ese acuerdo de paz no huele a pacificación, sino a rendición, a claudicación y, finalmente, a la desaparición física de una poderosa fuerza militar y política antioligárquica y antiimperialista.

Unos acuerdos de paz parecidos a éste y celebrados con bombo y platillos condujeron a la desaparición física de otros ejércitos guerrilleros latinoamericanos. Fue el caso del Movimiento 19 de Abril (el M19), también colombiano. Y ya desmovilizado y desarmado, sólo fue cosa de tiempo que se produjera el asesinato en la vía pública de algunos de los antiguos dirigentes a manos de los escuadrones de la muerte del gobierno colombiano. Y entre los que no fueron asesinados, unos pasaron al discreto retiro y otros se convirtieron en delatores de sus antiguos compañeros y en feroces agentes del imperialismo, su antiguo enemigo.

Y a lo mismo condujo el acuerdo de paz denominado “Acuerdos de Chapultepec”, firmado en la Ciudad de México entre el gobierno salvadoreño y el ejército guerrillero del Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN).

¿Qué ha llevado a las FARC a esta claudicación? ¿La conciencia de que el triunfo militar es ya imposible, dados los modernos recursos tecnológicos de uso militar que el Pentágono ha puesto en manos del aparato castrense del gobierno colombiano? ¿La conciencia de que las FARC ya no tienen la fuerza política, mediática y militar suficiente para mantener al menos la situación de equilibrio, de empate, con el ejército colombiano y sus mandantes y tripuladores de Washington? ¿La conciencia de que, dicho en lenguaje popular, “de lo perdido, lo que aparezca”?

Ese “de lo perdido, lo que aparezca” ¿incluye una salida honrosa, un lavar la cara? ¿Incluye igualmente la excarcelación de los miles de presos políticos en manos del gobierno? ¿Y la liberación y repatriación de los dirigentes de las FARC presos en Estados Unidos, entre los que destaca el comandante Simón Trinidad? La salida airosa es lo de menos; lo importante sería rescatar a los compañeros en cautiverio.

“Nadie está obligado a lo imposible” reza el célebre aforismo jurídico. Y si este es el caso de las FARC, nadie puede reprocharles la determinación de llegar a un acuerdo de paz cuando consideran que la continuación de la guerra ya no tiene futuro.

De cualquier modo, la derrota es la derrota. Y esta presumible derrota significa la pérdida de un extenso territorio liberado durante cinco décadas del dominio de la oligarquía criolla y del imperialismo estadounidense.

Si se concreta el acuerdo de paz, nada quedará por hacer, en un plazo más o menos largo, para vencer el dominio oligárquico e imperialista en suelo colombiano. Tocará a las nuevas generaciones buscar y emprender nuevos caminos en esta materia. Tendrá que ser así porque las condiciones materiales de existencia de la población colombiana, sobre todo la asalariada y la campesina, así lo determinan y exigen. Esta es una clara enseñanza de la historia.

Por ahora sólo queda lamentar la derrota y confiar en que ese “de lo perdido, lo que aparezca”, compense en alguna medida los costos de esta derrota histórica, una más, pero ninguna para siempre, en la secular y plena de altibajos lucha por la liberación de América Latina.

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Viernes 19 de agosto de 2016

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