Tener o no tener hijos

 El número de abortos por propia voluntad ha experimentado una significativa caída mundial en los últimos decenios. La explicación de este comportamiento demográfico no se encuentra ni en las leyes punitivas de la interrupción deliberada del embarazo ni, mucho menos, en las prédicas moralistas o religiosas.

La explicación se encuentra en el muy amplio uso de los modernos métodos anticonceptivos químicos. Pero no sólo han descendido las cifras de aborto. También se han reducido las cifras de esterilización quirúrgica femenina. Cada día es menor el número de mujeres que acuden a la salpingoclasia (también llamada ligadura de trompas) para impedir embarazos no deseados, es decir, para evitar la maternidad involuntaria.

Pero tanto el aborto como los anticonceptivos químicos y la salpingoclasia tienen como personaje central a la mujer. El varón sólo actúa tangencialmente. Y a veces ni siquiera se entera de las decisiones que en la materia ha tomado su pareja. Digamos que el hombre es, como diría un matemático, una variable dependiente.

Las cosas, sin embargo, no tienen necesariamente que ser así, ya que existe un procedimiento quirúrgico para la esterilización del hombre. Se llama vasectomía. Y el último avance en la materia es la vasectomía sin bisturí, nombrada entre los médicos especialistas VSB.

Se trata de una sencilla operación mínimamente invasiva que no genera complicaciones ni molestias. La practica un médico urólogo sin necesidad de hospitalización. De costo muy accesible en la medicina privada, también es ofrecida por los servicios públicos de salud.

Con la vasectomía tradicional o con la vasectomía sin bisturí, el varón tiene en sus manos la clave de su propia paternidad. Gracias a esta maravilla de la ciencia médica moderna, el varón ha dejado de ser una variable dependiente para convertirse en actor principal, si no es que único, de su propia descendencia o de la falta de ella.

Pero así como suman millones y millones los hombres y mujeres que no quieren tener hijos o que desean limitar el número de ellos, existen también millones de personas que a toda costa quieren ser padres. Y para ellos la ciencia médica moderna también ofrece soluciones.

El 25 de julio de 1978 nació, en Gran Bretaña, el primer bebé de probeta. Se trató de una niña que ahora tiene 32 años y que se llama Louise Brown. El hecho, desde luego, fue una bomba noticiosa mundial que generó, como es obvio, una polarización de las opiniones.

Por un lado, la iglesia romana y el pensamiento conservador condenaron (y aún condenan) esa práctica médico-biológica. En la acera de enfrente, el pensamiento progresista saludó esa técnica de reproducción asistida como un gran avance científico.

Treinta y dos años después las pasiones parecen haberse serenado. Quizás por esta razón es que hasta ahora le ha sido concedido al creador de esa técnica, el sabio inglés Robert Edwards, el Premio Nobel de Medicina.

Más de tres décadas de distancia, y más de cuatro millones de niños de probeta nacidos en todo el mundo desde entonces, hacen muy difícil condenar la fecundación in vitro. Y más difícil impedir que mujeres o parejas infértiles acudan a ella en busca de una maternidad-paternidad que la naturaleza les ha negado.

La fecundación in vitro, desde hace 32 años, y la anticoncepción química, nacida en 1960, han significado la entrada victoriosa de la cultura humana a dos territorios, antagónicos entre sí, reservados hasta entonces al reino de la naturaleza: evitar los nacimientos y lograrlos. Más fácil lo primero que lo segundo y, desde luego, mucho más accesible en términos económicos. Pero como avances científicos, tan valioso lo uno como lo otro.

www.miguelangelferrer-mentor.com.mx

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