Gigante de nuestro tiempo

Aspasia de Mileto, compañera de Pericles, daba a sus contemporáneas consejos para quien quisiera abortar. Pero más que consejos se trataba de consejas, de fantasías, de recetas mágicas. Las pócimas o brebajes que la culta mujer ofrecía no lograban interrumpir el embarazo, salvo que éste se interrumpiera por la muerte de la gestante a causa del envenenamiento o intoxicación que la pócima producía.

Abortar por propia voluntad y conservar la vida fue sencillamente imposible durante milenios porque la humanidad carecía de los conocimientos científicos que hoy, y desde los años setenta del siglo diecinueve, lo hacen practicable con éxito.

Pero el propio desarrollo de la ciencia ha venido haciendo innecesario el aborto. ¿Para qué interrumpir el embarazo si éste puede ser evitado de manera cómoda, sencilla, indolora, discreta y eficaz?

Ha sido el incontenible desarrollo de la ciencia, y no las prédicas morales o religiosas o las prohibiciones legales, el factor decisivo en la caída observable en las cuatro últimas décadas del número de abortos, tanto en México como en el resto del mundo. La ciencia hizo posible el aborto, y la ciencia misma lo ha hecho prescindible o innecesario.

Es cierto que todavía muchas mujeres o parejas practican el aborto. Y es verdad igualmente que iglesias y gobiernos reaccionarios no cejan en el propósito de evitarlo por la vía de anatemas, prohibiciones y castigos. Una insistencia palmariamente inútil.

Recientemente varios gobiernos locales en México han incurrido en el inútil despropósito de elevar a rango constitucional que el producto del embarazo tiene la protección del Estado en cualquier momento de la preñez. Decenios de experiencia no han llevado a esos gobiernos medievales a comprender lo inútil de ese tipo de prohibiciones.

En cierto punto, el caso del aborto se parece al del sida: nadie tiene por qué embarazarse si quiere y puede evitarlo; y nadie tiene por qué contagiarse de sida si quiere y puede evitarlo. Si lo que ciertas leyes medievales pretenden es impedir abortos, el camino es impedir que haya embarazos no deseados o accidentales. Y en la misma lógica, si lo que se busca es impedir contagios de sida, la vía no ha de ser prohibir las relaciones sexuales promiscuas u homosexuales, sino poner barreras científicas al contagio. ¿Es tan difícil de entender?

En ambos casos la ciencia es el camino. Ah, pero la ciencia tiene muchos y poderosos adversarios: fanatismos religiosos, intolerancia, incultura, ignorancia. Sólo que tales enemigos, juntos o separados, no han podido vencer al gigante de nuestro tiempo que es el conocimiento científico.

Conocimiento científico que es antónimo absoluto de ignorancias, intolerancias, incultura y fanatismos religiosos. Y antítesis igualmente de leyes basadas en esas cuatro expresiones de una época milenaria que, condenada a muerte por la ciencia, se resiste a morir.

Y es que la ciencia está en todas partes. Es factor siempre presente en nuestra vida cotidiana. En la escuela, el laboratorio, el taller, la industria, el comercio, el hospital.

Nadie, sensatamente, se niega a enviar a sus hijos a la escuela. Nadie, racionalmente, se niega a ir al hospital en caso de grave enfermedad. Nadie, ni los fanáticos, se niega a tomar medicamentos en caso de dolencia. Educación, salud y producción material son, al mismo tiempo, antecedentes, expresiones y resultados del avance científico.

No hay ley o dogma religioso que puedan impedir el avance de la ciencia. El Medioevo lo intentó durante mil años y finalmente fracasó. Y salvo los pocos adoradores, seglares y religiosos, de esa época negra de negra memoria, nadie quiere volver a ella.

www.miguelangelferrer-mentor.com.mx

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