Publicistas de toga y birrete

Luego del accidente de la planta nuclear de Chernobyl, la poderosa industria de los reactores atómicos para la producción de energía eléctrica quedó muy desacreditada. El mundo tomó rápidamente conciencia de lo peligroso de esa actividad.

Pero si bien ese descrédito hizo más difícil la expansión de la industria nucleoeléctrica, no vaya a pensarse que frenó radicalmente el crecimiento de ese tipo de producción. Poco a poco esa actividad se fue reponiendo del quebranto sufrido en la confianza pública. No iba a resultar fácil que los fabricantes, funcionarios públicos y comisionistas involucrados en la peligrosa industria nucleoeléctrica renunciaran así nomás a las astronómicas ganancias del mejor negocio del mundo.

Fabricantes, funcionarios públicos y comisionistas pensaron con buena lógica que poco a poco se iría olvidando la inmensa tragedia de Chernobyl. Y que sólo era cosa de seguir adelante con el negociazo sin hacer mucho ruido.

Mas luego del enésimo accidente atómico que ha tenido lugar en Japón, y al renovado repudio universal a ese tipo de instalaciones, a fabricantes, funcionarios públicos y comisionistas de la inmanejable industria no les ha quedado otro camino que emprender una gran campaña de engaños sobre la supuesta seguridad de las plantas nucleoeléctricas.

En México, desgraciadamente, esa campaña de mentiras ha tenido como parte muy activa a algunos profesores e investigadores de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Y también, por supuesto, a ese ajonjolí de todos los moles que es el químico Mario Molina, Premio Nobel de su especialidad, y por lo tanto autorizado por el Olimpo para dictar cátedra de lo que sea a los simples mortales.

Esos vendedores, funcionarios públicos y publicistas procuran ganarse la confianza de la sociedad hablando de lo improbable de un nuevo accidente como el de Chernobyl, del nulo número de muertos por el de Fukushima, de las nuevas tecnologías para disponer de los residuos radiactivos, de la ínfima contaminación por radioactividad de esas plantas, de la mayor eficiencia y menor contaminación de los reactores de segunda, tercera, cuarta generación (y así hasta el infinito) de reactores nucleoeléctricos.

Todos ellos, pero en especial los profesores e investigadores de la Universidad Nacional, hablan de ciencia, con su toga y su birrete, como si fueran los dueños de ella. Y no dicen lo mero principal: que la industria nucleoeléctrica es un gran negocio, un asunto de millones y millones de dólares cada año. Actúan, con sus doctorados, como vulgares publicistas. Y por lo tanto entienden perfectamente que, como reza la sentencia clásica de los comerciantes, no hay venta sin comisión.

Hay que ayudar a vender reactores nucleoeléctricos. Las ganancias son muy altas y muy altas también las comisiones que paga la industria a quienes ayudan a vender el producto. Dinero, honores, viajes y publicaciones suelen ser la recompensa que paga la industria nucleoeléctrica por los favores recibidos. Ese tipo de paga es una práctica universal, sólo que mientras más rentable es la industria, mayores son las comisiones. No es igual vender coches, televisores, cosméticos, ropa íntima o calzado que reactores atómicos.

Y no es lo mismo, por supuesto, vender a particulares que al sector público, es decir, al gobierno. No hay comparación entre los recursos económicos de un gobierno y los de cualquier particular. Sólo los gobiernos pueden desembolsar las millonarias cantidades que exige la construcción y operación de una planta nucleoeléctrica. Y cuando no se trata de una compra gubernamental, la mano del sector público aparece por la vía de monstruosos subsidios. Y, claro está, una parte no pequeña de esos subsidios se destina a pagar las comisiones devengadas por los publicistas de toga y birrete.

www.miguelangelferrer-mentor.com.mx

www.economiaypoliticahoy.wordpress.com

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