Sólo personas inteligentes

En uno de esos muy populares establecimientos comerciales dedicados a la renta de películas me encontré dos filmes estadounidenses, entre policiacos y de ciencia ficción, altamente recomendables. Uno de ellos, intitulado en castellano “Sin límites”, cuenta la historia de un joven escritor de cierto talento, pero desordenado, desidioso y dado a la disipación, rasgos que le impiden convertirse en un novelista de éxito.

Pero, por casualidad, el hombre encuentra una droga que mejora de manera extraordinaria sus capacidades intelectuales. Y tras librar una peligrosa lucha contra un delincuente interesado en comerciar el nuevo y milagroso fármaco, el joven alcanza el éxito y la fortuna como escritor y como empresario cultural.

El otro filme, llamado en castellano “El estado de la mafia”, narra la historia de un joven matrimonio de escasos recursos y más escasas luces que desea tener un hijo. También casualmente el futuro padre toma conocimiento de la existencia de una nueva técnica de ingeniería genética que posibilita la creación de niños muy inteligentes. Esa nueva técnica, de precio muy alto, algo así como 50 mil dólares, y por lo tanto inalcanzable para él, lo lleva a cometer un robo a un capo de la mafia, lo que lo conduce a fatal destino. Pero con el dinero robado logra pagar el tratamiento y, aunque no logra conocerlo, consigue tener un hijo poco menos que genial.

¿Estará la ciencia cerca de encontrar los medios para producir personas de gran inteligencia? Pienso que esa posibilidad no es inalcanzable y que no está lejano ese día. Me lleva a esta conclusión el conocimiento de la historia de la ciencia. Ésta ha logrado hazañas que parecían inalcanzables y hasta imposibles, aunque hoy las veamos como la cosa más natural, lógica y cotidiana.

Hace poco más de doscientos años, a finales del siglo XVIII, el médico inglés Edward Jenner creó la vacuna contra la viruela. Y lo hizo sin saber que tan grave patología era producida por un virus determinado. Y sin saber, además, de la existencia de los virus, invisibles hasta entonces al ojo humano y a la poderosa extensión de éste que era y es el microscopio óptico.

Y casi lo mismo puede decirse de la creación de la vacuna contra la poliomielitis por los científicos estadounidenses Jonás Salk y Albert Sabin. Y más o menos cabe afirmar lo propio del invento de la penicilina por el bacteriólogo inglés Alexander Fleming a mediados del siglo pasado. ¿Y no es otra hazaña portentosa la creación, por allá de los años veinte del siglo anterior, del microscopio electrónico, capaz de hacer visibles a los virus?

¿Y la anestesia? ¿Y la casi absoluta eliminación del dolor que han hecho realidad los modernos analgésicos, empezando con la modesta, histórica y celebérrima aspirina?

¿Por qué no podría la ciencia crear un fármaco que potencie las capacidades intelectuales del ser humano? En realidad, esto último ya lo ha hecho en cierta medida con la llamada revolución verde, creación del estadounidense Norman E. Borlaug, la que permitió ensanchar hasta límites inimaginables la producción de alimentos. Porque nadie puede negar la estrecha relación causal que existe entre la alimentación y el desarrollo de la inteligencia. Y esto último se ve más sencillo en el caso de la genética, con la posibilidad de influir en las funciones del ADN.

Muy pronto veremos hechas realidad las prefiguraciones de aquellas dos películas. Mientras tanto y con ese propósito, la sociedad puede recurrir a los viejos métodos que, probadamente, logran mejorar las capacidades intelectuales del ser humano: la alimentación, la lectura y la escuela. Es cosa de aplicar esos métodos en la totalidad de la población. La pura universalidad absoluta de alimentación, escuela y lectura haría posible, a reserva de las aportaciones futuras de genética y farmacología, el sueño dorado de sociedades formadas sólo por personas inteligentes.

www.miguelangelferrer-mentor.com.mx

www.economiaypoliticahoy.wordpress.com

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